Los contrastes peligrosos

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Por Mariano Saravia

Los contrastes son los que marcaron la semana pasada y seguirán marcando esta semana. Uno en el norte de América del Norte, y otro en el norte de América del Sur.

El primero es un contraste más bien simbólico, pero no por eso menos importante, entre Canadá y Estados Unidos. O mejor dicho entre sus gobiernos, el del primer ministro Justin Trudeau y el del presidente Donald Trump.

La semana pasada, Trump decidió echar a todos los transexuales de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, sin ninguna explicación coherente, aunque uno se imagina que los argumentos pueden tener que ver con justificaciones acordes a los puritanos cuáqueros que llegaron en los siglos 16 y 17 a colonizar el norte del continente.

Inmediatamente, ni lerdo ni perezoso, Trudeau invitó a los trans de su país a las Fuerzas Armadas canadienses, en una reacción que ya catalogamos más arriba de simbólica, ya que en el Ejército, Armada y Fuerza Aérea de Canadá no hay más de 200 personas con esa condición. Lo mismo podríamos decir de las Fuerzas Armadas estadounidenses, donde los trans representan menos del uno por ciento del total de la tropa. Pero a partir del caso Chelsea Minning, el tema tiene importancia mediática. Y muestra la diferencia de tacto, de estrategia, de visión política de uno y otro. Porque lo importante es que para la guerra, no afecta en nada la condición o elección sexual de cada uno. Pero para la sociedad, un hecho de discriminación de esta envergadura es muy importante. Y se refleja en la creciente desaprobación de vastos sectores de la sociedad norteamericana hacia Donald Trump. Por supuesto, potenciada por la prensa que aprovecha para mostrar a los dos líderes como antítesis. Uno, viejo, millonario, conservador, torpe, machista y racista. Otro, joven (45 años), despierto, amable, abierto, amplio y amigable con todo tipo de minorías.

 

El segundo contraste, es el del norte de América del Sur, entre Colombia y Venezuela. La foto de larguísimas colas de refugiados queriendo cruzar la frontera es dramática. Pero es al revés de lo que uno se imagina. No son colombianos que quieren ingresar a Venezuela para escapar de una guerra de 50 años. No. Son miles de venezolanos tratando de cruzar a Colombia, para escapar a la guerra económica que produce desabastecimiento, para escapar a la violencia política que va en aumento, y en general a un país que está cada vez más complicado, por varios motivos.

En Colombia, la semana pasada se anunció por fin la fecha en que las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) se constituirán en partido político: será el 1° de setiembre, con un gran acto en la Plaza Bolívar de Bogotá. Esto es producto de los acuerdos de paz firmados con el gobierno de Juan Manuel Santos, la dejación total de las armas corroborada recientemente por la ONU y el congreso que se va a realizar en agosto para darle forma al partido de las FARC. Parece mentira, pero entonces sí quedarán atrás 53 años de guerra que han dejado más de 200 mil muertos y más de siete millones de desplazados. Es decir, Colombia está dando un ejemplo al mundo, porque está logrando que se deje de hacer política con violencia, para buscar otro tipo de lucha política.

La contracara es Venezuela, donde la política es cada vez más violenta. Después de las elecciones de ayer para constituyentes, se abre un nuevo interrogante en cuanto a si los venezolanos serán capaces de encausar la situación para que se siga haciendo política a través de elecciones y un sistema civilizado, o si estamos al borde realmente de una guerra civil.

Es que la oposición de derecha boicoteó la elección de constituyentes, no presentó candidatos e intentará también boicotear la Asamblea Constituyente. ¿Por qué? Porque ya ha demostrado con creces que no le interesa ganar elecciones, sino generar un caos político y social tal que propicie una intervención internacional, incluso armada.

Me parece que la oposición de derecha está mirando más allá en el horizonte. Sabe que puede ganar las próximas elecciones presidenciales el año que viene, pero también sabe que lo que une a ese conglomerado de partidos y de ideologías que es la MUD (Mesa de Unidad Democrática) es sólo el espanto y el odio al chavismo. No tiene un programa de gobierno y sin él se le haría muy difícil gobernar. Además, ya piensan cómo podrían hacer para impedir que después de un breve interregno neoliberal, volviera con más fuerza el proyecto bolivariano. Llegar a situaciones como las actuales de Brasil o de Argentina, donde se está buscando proscribir a candidatos como Lula o Cristina, no los convence. Por eso, apuestan al incendio total de la Venezuela de hoy, con la ilusión de que el chavismo quede tan desacreditado como para que nunca más pueda volver a tener chances de volver.

A esto se suma el odio político que ha dado lugar a un nuevo fenómeno: los crímenes de odio. En los últimos tres meses ya han asesinado a ocho personas por el solo hecho de ser chapistas. Y decenas están heridas. La semana pasada hablaba con Marcos Salgado, corresponsal en Caracas de la cadena iraní Hispan TV, y él me decía: “Lo que sucede es que si vos y yo nos ponemos una camiseta con los ojos de Chávez por ejemplo, o nos identificamos de cualquier manera como chapistas, y vamos así a los barrios ricos del este de Caracas, nos matan. Pero no es que nos insultan, nos corren o nos pegan, nos matan de verdad”. “Si me preguntabas por el peligro de una guerra civil hace tres meses, quizás yo te respondía que no lo veía, pero ahora te tengo que decir que es una posibilidad”, continuó Salgado, periodista argentino que vive hace más de una década en Venezuela. Y terminó diciendo: “A este odio político que sigue creciendo en la gente común de la oposición, hay que agregarle que Venezuela se ha plagado de paramilitares colombianos que están a las órdenes de la oposición pero que todavía no han actuado. Como tampoco han actuado todavía las decenas de miles de chapistas que forman las milicias populares. Eso es un polvorín y esperemos que no estalle”.

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